20-11-2011
ANÁLISIS Una intervención contra Assad podría generalizar el conflicto en la región
FERNANDA MUSLERA FMUSLERA@HOTMAIL.COM
Tras la aniquilación de Gadafi, derrocar a Bashar Al Assad parece ser el paso más lógico en el intervencionismo de occidente frente a la megalomanía y brutalidad de algunos gobernantes del mundo árabe. Con un saldo de al menos 3.500 muertos -según datos de las Naciones Unidas- desde que comenzaron las protestas en marzo contra el presidente sirio, organismos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han pedido llevar al régimen a la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. El país tiene todos los boletos para ganarse el castigo. Pero el panorama no es tan claro como lo era en el Magreb. Siria no es Libia, y eso lo tienen claro tanto árabes como occidentales.
A simple vista, la presión internacional es cada vez mayor. Alemania, Francia y el Reino Unido presentaron un proyecto de resolución ante la Asamblea General de la ONU para condenar la represión del régimen sirio. A su vez, la Liga Árabe suspendió a Siria como miembro de la organización y, ante el incumplimiento del régimen de Assad de detener la violencia, el organismo panárabe enviará una misión de observadores al país asiático.
Incluso aliados históricos de Assad como Turquía y Rusia se están desligando del régimen e instando a la Liga Árabe a frenar la violencia. Aunque el primer ministro ruso, Vladimir Putin, pidió cautela a la hora de exigir sanciones contra Damasco y criticó la decisión de la Liga Árabe de suspender a Siria como miembro de esa organización, el ministro de Relaciones Exteriores del Kremlin, Sergei Lavrov, exigió el fin de la violencia y aseguró -de forma condescendiente con el régimen- que la situación en Siria se parece «a una auténtica guerra civil».
Sin embargo, pese a los movimientos en el tablero, la reacción internacional después de ocho meses de represión parece un tanto tibia en comparación a cómo se actuó en Libia. Pese al veto de la Liga Árabe, Nabil al Arabi, secretario general de este organismo, manifestó estar en contra de toda intervención extranjera.
Conexión con Irán y Hezbolá
La «contemplación» con el régimen sirio deja claro que Siria no es Libia. Una intervención militar sería mucho más compleja, en primer lugar por razones geográficas y poblacionales.
Siria cuenta con más de 22 millones de habitantes que habitan regiones mayormente montañosas, mientras la población de Libia apenas supera los 6 millones y medio y viven en el desierto, un terreno mucho más propicio para quien ataque.
Pero el verdadero motivo que dificulta una intervención en Siria es su importancia estratégica en la región. Siria no solo es limítrofe con Israel, sino que cuenta con dos aliados considerados peligrosos por Occidente: Irán y las fuerzas de Hezbolá en Líbano. Ambos ya han manifestado que responderían a las intervenciones en Siria, pudiendo provocar una guerra a gran escala.
El jefe de la Junta de Estado Mayor de Irán, general Hasan Firuzabadi, sostuvo que un ataque de los países occidentales contra el régimen sirio «pondría fin a la existencia de EEUU y el régimen sionista».
Al respecto, la revista estadounidense Foreing Affairs manifiesta que la ex Persia provee de armas, tecnología y entrenamiento a las fuerzas del régimen de Assad. «Para Irán, Siria es la primera línea de defensa contra EEUU e Israel. Sin su lealtad garantizada, la segunda línea de defensa, Hezbolá y Hamas se desmoronaría», señala.
Una guerra no tan fría
Otro de los motivos por los que una intervención en Siria sería mucho más compleja es que, a pesar de las atrocidades cometidas, el régimen de Assad aún cuenta con importantes apoyos internos, a diferencia del caso libio, en el que la masiva deserción de las fuerzas armadas dio un golpe fulminante a Gadafi.
En el caso de Siria, la lealtad de la milicia tiene parte de su anclaje en que Assad y la mayoría de la elite del país pertenecen a la etnia alawite, una minoría chiita dentro de un país mayormente sunita.
Además, la mayoría de los sirios se oponen a una intervención externa. De acuerdo a The Huffington Post, 60% de la población es contraria a la intervención, lo que equivale a 13,5 millones de personas, el doble de la población libia.
Pero acaso el mayor peligro de una intervención en Siria sea la posibilidad de que estalle la guerra fría que en la actualidad mantienen Irán y Arabia Saudita, por convertirse en el poder hegemónico de la región.
Irán y su aliado Siria representan al chiismo en el mundo árabe, dominado en el 85% por la otra gran rama del islam, el sunismo, del que Arabia Saudita es su principal representante.
Las revueltas en la primavera árabe han acentuado las diferencias entre Irán y Arabia Saudita. Mientras el gobierno del rey Abdala contaba con aliados en los gobiernos derrocados de Egipto y Túnez y desarrolla una política de relativa tolerancia hacia Israel, el gobierno de Ahmadineyad celebró la caída de los dictadores árabes y ha convertido al país hebreo en uno de sus principales enemigos.
Las relaciones además están muy tensas por la entrada de las tropas sauditas en Bahréin en marzo y por la acusación conjunta de EEUU y Arabia contra el régimen de Teherán, tras la detención de un espía iraní que planeaba asesinar al embajador saudita en Estados Unidos.
Una intervención «sin mancharse las manos», al estilo de Libia, parece bastante improbable para el contexto sirio. A menos que EEUU y Occidente estén preparados para una guerra de imprevisible peligrosidad y con riesgos de generalizarse, las atrocidades del régimen de Assad continuarán desarrollándose en Siria ante el estupor de parte de la comunidad internacional.
Deberán pensarlo dos veces
21/Nov/2011
El Observador, Fernanda Muslera